Donde viven los bárbaros: democracia del miedo y encuentro del enemigo

Por Luis Adrián Curiel

Cuando buscamos “bárbaro” en Internet nos aparece que es, entre sus acepciones, relativo a los pueblos que invadieron Roma en el siglo V; también, que se usa para expresar asombro o extrañeza. El origen del vocablo es griego βάρβαρος bárbaros 'extranjero'. Si buscamos “enemigo”, encontraremos que se usa para calificar de contrario -¿a quién?- al otro, y que un enemigo es una persona de otro país, o de fuera. Es ser extranjero y diferente. Es el “otro”.

Viernes de la Muestra Estatal de Teatro Jalisco 2018 y el Conjunto de Artes Escénicas recibe a la primera de dos obras chilenas. En efecto, Chile es el país invitado de la edición 22 de la MET, y fue Donde viven los bárbaros, de Pablo Manzi, la que ocupó la sala 2 del Conjunto. Además de la dramaturgia, Manzi realiza la dirección junto a Andreina Olivari en ésta, la segunda producción de Bonobo Teatro, y con apoyo de la Fundación Teatro a Mil.

La obra se divide en dos partes bien diferenciadas, estructuralmente hablando. El prólogo sucede en Atenas, siglo V, y corresponde al encuentro de un médico ateniense con los bárbaros, los enemigos que el pueblo ha elegido (época de democracia) para temer y culpar. La segunda parte ocurre en Chile, año 2017, en una reunión entre Roberto (Pablo Manzi), director de una ONG, y sus dos primos: Nicolás (Carlos Donoso) e Ignacio (Gabriel Urzúa). Entre la parca charla se mencionan casos de violencia: la muerte de una mujer y violaciones de niñas. Sin embargo, Roberto se muestra indolente ante lo escucha y dice. La escena la completan Eugenia (Paulina Giglio), una griega que huye del miedo, en busca de donde viven los bárbaros. Ella está mal desde que murió “la Claudia”, el detonante de todo, una chica neonazi que, en realidad, era hermana de Roberto. Por último, Elías (Franco Toledo) intenta ayudar con su habitual dinámica de roles.

Lo que parecía ser una reunión anodina, se transforma en una serie de tormentos cuando aparece el miedo y, después, el enemigo. Es por ello que la tensión dramática se mantiene en todo momento –sin que falte el humor negro-. El elemento sonoro completa esta tensión y extrañeza, presentando temas musicales sólo en los monólogos que tienen algunos personajes. Por otro lado, la escenografía consiste en dos paredes, una lámpara de sala, una mesita y varias sillas. Al ser sobria la decoración, tenemos que mirar hacia otros elementos, hacia lo que sucede en escena, ahí vemos cómo nace el miedo y se elige un enemigo.

Estamos frente a un teatro donde la substancia no se queda en el actuar y decir de los personajes, sino que se traslada a la vida de quien observa. Su mecanismo de dos tiempos, antigüedad y actualidad, no pone su foco en la trama, pero sí en la propuesta temática. Por un lado tenemos una sensación de que algo no anda bien con los entes que vemos en el escenario, son extraños en cuanto a su decir y actuar: silencios, repeticiones, interrupciones y balbuceos. Por otro lado, el prólogo resuena en el transcurso de la historia no sólo con la palabra “bárbaro”, sino que hay diálogos muy similares entre unos personajes y otros, así como comparaciones (Eugenia se parece a uno de los campesinos de Atenas). En este sentido, el inicio no es gratuito, marca el proceso y el cómo concluye.

La relevancia de Donde viven los bárbaros consiste dos hechos, a mi parecer. El primero: la puesta es vigente y fresca. Vigente porque trata problemáticas que nos vienen siguiendo desde mucho tiempo atrás, -¿será momento de encararlas?- y fresco porque lo hace de una manera estratégica: no se convierte en panfleto. En cuanto menos se lo espera, el espectador sabe que se ríe del miedo de los personajes, y eso es bárbaro. El segundo hecho que da relevancia a esta obra viene a colación de la MET. Resulta imposible, tras ver toda la selección local, nacional e internacional, preguntarnos qué hacemos con nuestro teatro y cuál sería su función, dónde están sus fortalezas y qué hacemos con lo que tenemos.

Bonobo Teatro se presenta como una compañía que busca comprender cómo se legitima la violencia hacia el “otro”, por lo que realizan puestas donde se pueda reflexionar críticamente el actuar de la sociedad. Y es aquí donde está la aportación de Donde viven los bárbaros. Provoca risas con un humor negro, que deja un sabor agrio en el espectador en cuanto se da cuenta de lo que ocurre en escena, de lo que ocurre cotidianamente, y puede llegar a plantearse dónde está su miedo, a quién ha elegido como su enemigo, y por qué eso es bárbaro.

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