Ésta vez Godot llegó a la cita.

Por Blanca Valdepeña.

El teatro, en el fondo es fracasar: nada te asegura estabilidad. Siempre estas a punto de dejarlo, pero es lo único que nos impide pegarnos un tiro.

Angelica Lidell.
La obra abre con estas palabras de la española introduciéndonos así a la temática principal: el fracaso. Cuatro personajes esperan, hablan sobre sí mismos y descubren que el común denominador es que todos son unos fracasados, parecen haberse inscrito en un programa de ayuda en el que se les revelará la clave del éxito.

El guía que habrá de llevarlos a través de este descubrimiento es Godot, aquel personaje de Beckett que jamás llegó a la cita con Vladimir y Estragón porque seguramente estaría salvando a alguien más. El programa incluye cinco pasos: admitir el fracaso, encontrar la raíz de éste, confesar sus sueños, obligarse a pensar positivo y el paso final.

Los personajes ven su fracaso al no cumplir las expectativas que la sociedad les marca: la independencia, la estabilidad económica y emocional y las metas a las que, en general, se supone que uno tendría que haber llegado. Pero también observan lo ridículo de la situación, de alguna manera ese fracaso es ajeno, ese fracaso está dictado, porque en términos personales ¿qué es realmente y qué significa el éxito?

Instructivo para mirar hacia adentro es una obra que habla de inquietudes que a todos nos conciernen, el fracaso es algo a lo que todos nos enfrentamos. El actor se expone a sí mismo, ayudándose de su personaje a través de ese guiño con el biodrama, y pone sobre la mesa el pretexto de la obra que nos lleva a todos a una especie de catarsis, algo a lo que todos tememos y de lo que no hablamos de repente se devela y se reconoce como genérico, el fracaso es tema común.

El instructivo para mirar hacia adentro no es mera ocurrencia, se ve una construcción trabajada a partir del texto del dramaturgo Samuel Beckett, Esperando a Godot. La obra parece un cadáver exquisito, una creación colectiva y lúdica que recuerda a los juegos infantiles pero sin dejar de lado la estructura y las reglas del juego teatral. A lo largo de la representación hay números musicales, actores que dejan su personaje para hablar de sus propias impresiones y fracasos, interacción directa con el público compartiendo un trago, hay también una diálogo divertido e interesante con esa manera tan ligera y actual que tenemos de enfrentar un conflicto: “las cinco dietas para bajar la panza en una semana”, “cómo superar a tu ex en tres sencillos pasos”, “elimina el acné comiendo estos siete alimentos milenarios”, o alude también esas imágenes que encontramos siempre en redes sociales como mandamientos de superación personal: “que el miedo te tenga miedo”, “el cambio asusta, pero asusta más no cambiar”.

Las imágenes que vemos a lo largo de la representación son interesantes, actores bailando, a veces hablando todos al mismo tiempo, reaccionando con el cuerpo al sonido estridente de una guitarra eléctrica que se toca sin sentido o se arrastra por el suelo. La escena carece de escenografía como tal, hay apenas unos bancos que los actores mueven por el escenario. El espacio de donde partimos es blanco, lo que contrasta totalmente con el vestuario de los actores confeccionado en colores primarios y que captura completamente nuestra atención. El Godot de la obra es un tubo danzante de publicidad blanco y de cara sonriente al fondo de la escena que se ilumina al momento de dar las instrucciones, algo que de tan absurdo nos saca una carcajada.

Godot, que no llego a salvar a Vladimir y estragón, a pesar de haber acudido a su cita con nuestros cuatro personajes, tampoco los salva, porque en el fondo no hay salvación posible, y si la hay, está, suponemos, mirando hacia adentro.

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