Graznidos que hacen la diferencia

Por Luis Adrián Curiel.

Un graznido. Dos o tres golpes en madera. El aleteo de una parvada de cuervos sobre las cabezas y… una puerta que se abre. Bienvenido al teatro.

El tercer día (domingo) de la MET Jalisco 2018 inició en el Teatro Jaime Torres Bodet con la puesta en escena Los cuervos no se peinan, dirigida por Luis Manuel Aguilar “Mosco”. Este proyecto, realizado con el apoyo de Proyecta 2017, es una producción de Ánima Escénica, y destaca entre la selección de la Muestra por estar -junto a El día de Amy- recomendada para niños.

Me encontré ante una obra de calidad en sus distintos componentes: sonoro, dramático-emocional, visual. Si bien el apartado literario no destaca, el tener una trama sencilla –que no simple- posibilita que otros lenguajes brillen para cumplir un mismo objetivo: dar pie a la imaginación.

La trama consiste en el encuentro de una mujer y un huevo, de cuyo interior no tarda en nacer un bebé cuervo que llama “mamá” a la humana. Lo que inicia como una unión fortuita, continuará con el crecimiento de Emilio –así es nombrado el cuervito- y sus aventuras y desventuras en la escuela. El niño cuervo sospecha que es diferente, y los comentarios de sus compañeros parecen confirmarlo, pero la mamá humana trata y trata de ocultar esas diferencias para evitar la inevitable partida de Emilio. Finalmente, tras forjar una amistad con el niño Mateo y después de buscar y “desobedecer”, el cuervito encuentra su camino, entendiendo que no hay nada malo en ser distinto, pues son esas diferencias las que lo ayudarán a encontrar sentido a su estar y vivir.

Ésta es una obra de títeres que resultan llamativos y tiernos, consiguiendo tener vida gracias al talento de Karina Hurtado, Andrés David y Alberto Magaña. Los tres histriones demuestran las tablas que han adquirido en sus trayectorias: Karina da color a la mamá, pero también realiza otras funciones, como el de ser un coro de niños maleducados o la lentísima maestra del grupo; Andrés David consigue que Emilio sea niño y cuervo a la vez, de manera auténtica. Finalmente, Alberto actúa de niño, anciano misterioso, reloj y ventana –sí, ¡ventana! El trabajo actoral es uno sólo: hay unión y colaboración, y ahí brilla la dirección actoral.

Es ahora cuando hablo del aspecto más logrado de Los cuervos…, y que no podía pasar desapercibido: el sonoro. Ya sean golpes de huevo sobre la mesa, gritos y alaridos, graznidos, suspiros, viento, fuego y –claro está- las melodías que armonizan el trascurrir de una escena a otra, el sonido, dimensión importante para la escena, tiene una calidad sobresaliente. Me resultó fascinante cómo Andrés David podía hacer que el cuervito Emilio expresara su tristeza con un débil e infantil graznido, también de inocencia. El paso del día a la noche se reflejó no solo en los cambios de luces, sino también en la musicalización que daba la pauta. En este aspecto, se percibe el esfuerzo que “Mosco” y su equipo de compositores e intérpretes hicieron a conciencia y con intenciones en miras de “la” experiencia.

Otro elemento notable del equipo tras la obra en cuestión: el espacio escénico y la iluminación, que van de la mano. Combinando con los títeres, utilería y escenografía, la imaginación se recrea en un mundo posible que atrae a la mirada y embelesa al oído. Lo que el espectador se encontró en el escenario fue una serie de escenas atractivas, cortas en su mayoría, que funcionaban en la dimensión corporal y los movimientos de escenografía para transformar los espacios por los que deambulaba un pequeño cuervo que sorprendió a más de uno con palabras sabias y preguntas de difícil respuesta, pero necesarias. La importancia de Los cuervos no se peinan no radica en su historia o el conflicto –la resolución se adivina desde las primeras escenas-, ni en las destacadas actuaciones y bellos títeres que habitan la escena, más bien en el valor que se le otorga al espectador infante, un sector del público que merece recibir atención por parte de los grupos de teatro, y una atención de calidad. Aplaudo la propuesta de Ánima Escénica que, de la mano y pluma de Maribel Carrasco (de ella es la dramaturgia), apuestan por hablar del ser diferente, de la búsqueda de horizontes, de la amistad y el coraje para agitar las alas y emprender el vuelo hacia el futuro.

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