Hacia un teatro con identidad propia.

Por Miguel Ángel Gurrola.

El pasado lunes 3 de Septiembre grupo la Huida proveniente de Ciudad Guzmán presentó en el teatro Alarife “De Amores y Desamores de Cervantes” bajo la dirección de Laura Elena de Luna Velasco.

Basada en un par de entremeses del escritor Miguel de Cervantes Saavedra nos traen de regreso, con un lenguaje coloquial, una adaptación de los textos “El Juez de los divorcios” y “los habladores”.

Podría ser que obras clásicas donde el montaje pretende un estilo como lo es la comedia del arte puedan caer en su mero origen donde las presentaciones eran en las calles y para el pueblo, una especie de teatro popular, sin embargo los riesgos de hacer este tipo de obras son bastantes, el lenguaje no es ya tan cercano pues estas obras que originalmente están en verso necesitan de una comprensión total para arriesgarse a realizar una adaptación y transpolar las ideas a un contexto actual.

¿Qué es lo que nos conecta con estos textos en nuestro entorno? Bueno, las relaciones efímeras, la falta de comunicación, quizá también la poca tolerancia a la frustración, temas que en la representación quedaron claros, donde había intrigas, problemas y dificultades, situaciones casi siempre sentimentales.

¿Qué tan efectivo fue el hecho representativo? Es esencial para un actor (en el caso de la comedia del arte) la relación que se entabla con la máscara y a partir de esto y de la contemplación de la misma implica una manera específica de moverse, de proyectar la voz y generar el gesto, en fin, toda la actitud corporal.

Al principio de la función nos presentan una antesala de lo que veríamos, presentando con algunos tropiezos y tiempos muertos un corto entremés que hace pensar que el hecho escénico estaba surgiendo, para que después dieran entrada a los actores, lo cual provocó cierta incomprensión de lo que sucedía, esto por parte del público, seguido de un inicio divertido, cómico, dinámico pero a la vez poco apreciable ya que la voz no alcanzaba y costaba trabajo escuchar lo que decían los intérpretes debajo de las risas de los asistentes, esto sin mencionar algunas fallas de dicción y los estilos tan diferentes de cada actor que generaban una falta de unidad en el tono de la obra, además de que los signos aparecían fugaces uno tras otro.

La mayor parte de elenco parecía actuar únicamente su parte, aparentemente olvidando estar con el otro, sin embargo, Felipe Aguilar tomo la batuta de la obra recibiendo y regalándole estímulos a sus compañeros de escena lo cual hizo que el ritmo de la obra no se cayera del todo. El actor vivía el presente del personaje, su cuerpo, su proyección vocal y su presencia resaltaban dejando destellos en la obra bastante cómicos, encarnando así los personajes que el público al salir del recinto mas mencionaba.

Es importante resaltar que en el interior del estado se carecen de condiciones necesarias para la labor artística, específicamente la teatral, en los últimos años Ciudad Guzmán ha intentado formar una identidad propia para poder crear con las condiciones que tienen, presentaciones dignas para su público, a pesar de ello carecen de personalidad sus proyectos ¿acaso se comparan con el teatro que se hace en Guadalajara? En lo personal considero que no deberían ¿sería mejor si se arraigaran a una tradición cultural de su municipio? Quizá, aunque debemos comprender la poética que cargan, sus ganas de hacer y de exponer su trabajo más allá de las carencias técnicas que puedan tener en su lugar de origen, algo similar cuando Guadalajara pretendía comparar su teatro con el de la Ciudad de México, lo cual es imposible, por ello insisto en la importancia del sentido de pertenencia del individuo a su región, probablemente esto sea un paso para llevar más lejos sus trabajos a pesar de las instituciones o la falta de infraestructura.

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